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Ministerio de Salud y Protección Social

Cuatro historias de la inclusión social con enfoque diferencial

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 Cuatro historias de la inclusión social con enfoque diferencial

Ministerio de Salud y Protección Social > Cuatro historias de la inclusión social con enfoque diferencial
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05/11/2013
Boletín de Prensa No 385 de 2013

 
 
 
- Durante el Congreso Nacional Psicosocial participaron 71 representantes de regiones como Bolívar, Putumayo, Cauca y Norte de Santander, entre otras, con quienes se reconstruye un tejido social afectado por el conflicto armado.
 
Bogotá, 5 de noviembre de 2013.- Cuatro rostros, cuatro voluntades titánicas encarnan el valor de la prudencia, la templanza y el coraje para contar por qué han sido víctimas del conflicto armado en Colombia y cómo ha sido la reconstrucción del tejido social gracias a proyectos como el de Inclusión Social con Enfoque Psicosocial del Ministerio de Salud y Protección Social y la Secretaría de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Colombiana.
 
Durante sus siete años de vida, el proyecto ISEP ha llegado a 124 municipios; y en esta última fase, a 16 departamentos, 71 municipios y un corregimiento, con 27 mil beneficiarios directos, reunidos en 29 cabildos indígenas, 44 organizaciones de afrocolombianos y 151 de campesinos.
 
A través de sus historias, María Estela Barreiro, Mauricio Fernando Cuental Peren-güez, Liney María Contreras Romero y Elvia Rosa Barón Beltrán cuentan cómo han superado la adversidad y hoy son ejemplo de la labor que se desarrolla desde el Gobierno Nacional para reconstruir la dignidad, la confianza, la fe, la tradición y todo aquello que les fue arrebatado pero que están recuperando para dejar una mejor huella en el país.
 
Decantando el dolor con poesía
 
María Estela Barreiro de Mocoa, Putumayo es una poetisa que a través de sus escri-tos decanta todas sus vivencias. “Es una poesía social cotidiana de lo que uno siente como desplazado porque para mí fue muy duro salir con mis hijos a vivir durante dos años debajo de un plástico en medio del barrial”.
 
Recordó que antes de salir desplazada vivía de un negocio que tenía frente al colegio Rafael Reyes en Santa Lucía, municipio de Puerto Guzmán. “Se estaban llevando a los muchachos, les daban plata, los sonsacaron con tan solo 10, 11 y 12 años. Me dio miedo porque había enfrentamientos cerca, mataron a unos vecinos y por esa situación me fui un domingo”.
 
De esa tragedia ya han pasado 12 años e innumerables poemas. Dice que la gente, cuando la escucha declamar, siente el dolor que ella y los suyos atravesaron.
“Escribo porque me inspira y con la poesía sacamos eso que tenemos adentro y avanzamos en ese proceso de perdonar”.
 
Y en medio de su narración, María Estela tuvo tiempo para declamar una parte de su poema Desplazado:
 
…Mi Colombia que es alegre
pero ahora triste llora
de ver tanta gente ajena
a este conflicto que implora
¿Por qué siembran cosas malas cuando abunda lo bueno?
Señores, ¿qué es lo que tienen en el pecho
si es que tienen corazón
o digan de qué están hechos…
 
Finaliza su relato con una cruda remembranza: “cuando uno está debajo de un plástico, sin trabajo y sin saber qué hacer es muy duro, más porque soy madre soltera. Vivo en un asentamiento donde todavía hay gente que llora”.
 
Desde el Valle del Guamuez
 
Los jóvenes y adolescentes no han sido ajenos al conflicto armado en Colombia. Sin importar raza, color, etnia o edad han soportado la intransigencia de la violencia.
 
“En 2003 hubo un enfrentamiento. En mi comunidad de San Isidro estábamos celebrando el día de la familia y de un momento a otro quedamos en medio de una plomacera. Hubo desapariciones forzadas, muertes a civiles, grandes líderes comunitarios cayeron por culpa de los guerrilleros y fue un día marcado para nuestra comunidad porque perdimos personas reconocidas”, narró Mauricio Fernando Cuental Perengüez, representante de los líderes juveniles.
 
Él hace parte de la etnia Los Pastos, en el Valle del Guamuez (Putumayo), donde el trabajo del proyecto ISEP se centra en cuatro líneas de acción para encausar a los niños, jóvenes y adolescentes hacia una vida más amable. “En el corregimiento de Placeres estamos en medio del conflicto armado, no hay tranquilidad. Sin embrago trabajamos con palabras de colores, jóvenes mutualistas, retorno a la alegría y línea libre para poder relacionarnos con la sociedad”, dice.
 
A sus 17 años ha tenido que lidiar con fuertes incursiones guerrilleras. “En mayo de este año llegaron a nuestro colegio José Asunción Silva y le cegaron la vida a uno de los estudiantes de la institución”.
 
No obstante, en medio de esa dificultad, asegura que pertenecer al cabildo de Los Pastos “es una experiencia bacana porque nos recalcan la cultura ancestral, lo que es la tradición y uno aprende cómo vivían nuestros antepasados”.
 
En medio de su ímpetu recalca que se han reunido con entidades gubernamentales, con el ICBF, el UNICEF, la Escuela Galán, el Ministerio de Salud y Pastoral Social para realizar la reparación colectiva de lo que se perdió en los momentos de conflicto. “Esa confianza y esas costumbres queremos volverlas a tejer para que tengamos un mejor futuro”.
 
Víctima de Pablo Escobar
 
“El 25 de abril de 1991, a las nueve de la mañana, explotó un carro bomba a dos cuadras de donde me encontraba. Cuando desperté, estaba en el hospital con mi brazo vendado y una fractura de fémur de la pierna izquierda. Al día siguiente me amputaron el brazo porque se gangrenó. La verdad eso no se lo deseo a nadie y morí en ese mo-mento. Incluso renegaba contra Dios y le decía que si existía porqué me había pasado esto pero me fui dando cuenta que sí estaba conmigo y quizás no entendía su mensaje”, recordó Liney María Contreras Romero sobre esa fecha.
 
Luego de narrar su experiencia dijo que la vida le dio un giro de 360 grados. “En ese entonces yo estaba en Medellín porque allá vivía una hermana y luego de salir del colegio en Córdoba me fui para tratar de estudiar. Tenía 17 años, busqué empleo en una empresa que vendía una metodología para aprender a leer mejor y fue cuando ocurrió el atentado”.
 
Sin embargo, en ese instante los sueños de Liney María tomaron otro rumbo. “Yo no quería entrar así a la universidad y me regresé a Montelíbano donde me tendieron la mano y empecé a trabajar en un almacén. En la vida todo no es color de rosa, siempre hay obstáculos. Veo mucha gente quejándose y lo tienen todo, la salud, están completicos y sin embargo se quejan”, reflexionó.
 
“Hoy soy la representante de 30 mujeres víctimas de la violencia del departamento de Córdoba y con el proyecto ISEP se nos dio la oportunidad de mitigar la tristeza de la violencia en lo psicosocial. Hemos aprendido que somos mujeres víctimas que tene-mos mucho que dar a nuestra sociedad dejando de lado la tristeza de lo que habíamos vivido”, relató.
 
Cuenta que a pesar de ser una mujer víctima de la violencia y a pesar de su condición de discapacidad la mitiga al verse al frente de ellas, poder dirigirlas y enseñarles lo aprendido. Eso la hace levantar y le hace olvidar que no tiene un brazo.
 
Esa resiliencia, o capacidad de asumir su situación y de sobreponerse a ella, le ha permitido no solo soportar el dolor directo de un atentado sino también la muerte de un hermano “a quien le mocharon la cabeza” y el abandono de su compañero con la obligación de sacar adelante a sus dos hijos. “La gente no debería quejarse tanto”, recalcó.
 
Atendiendo al adulto mayor
 
“La cultura se había perdido entre la comunidad, no teníamos confianza los unos con los otros y no nos saludábamos. Parecíamos personas extrañas y todo se generó por el derramamiento de sangre en el Salado (Bolívar). Soy víctima directa porque en 1997 asesinaron a mi esposo Álvaro de Jesús Pérez Ponce, presidente de la Junta de Acción Comunal. El proyecto del Ministerio con Pastoral Social entró al corregimiento en 2011 porque quizás vieron la necesidad por el tema psicosocial y socio cultural porque el tejido social estaba roto”, recuerda Elvia Rosa Barón Beltrán.
 
Elvia Rosa asegura que el adulto mayor en El Salado estaba despatriado. “Al inicio éramos solo 20 adultos mayores los que nos reuníamos y a estas alturas ya sumamos 200. Esperamos que nos lleguen los auxilios y que el estado no se olvide de nosotros”, dice con esperanza.
 
Asegura que ella retornó a El Salado después de 14 años de vivir desterrada en Cartagena.
 
“Al morir mi esposo tuve que encargarme de mis seis hijos y fui promotora de salud. Estuve en contacto con la comunidad y en este proceso nos falta la restitución de tierras. Tenía la esperanza de volver a El Salado y allá el Ejército Nacional, la Policía y las demás autoridades están prestos a ayudarnos”, destacó.
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